Radio Pasión FM
Las precipitaciones de las últimas semanas no solo dejaron calles anegadas y crecidas de ríos. También volvieron a poner el foco sobre un riesgo que suele pasar inadvertido: los 839 relaves mineros que existen a lo largo de Chile, la mayoría concentrados entre las regiones de Atacama, Coquimbo y Valparaíso.
El caso que reactivó la alerta es el de la faena Las Cenizas, en la región de Valparaíso, donde la Superintendencia del Medio Ambiente (SMA) abrió una investigación por un posible rebalse de aguas de contacto. La autoridad ambiental coordina fiscalizaciones en el lugar para determinar qué ocurrió y qué consecuencias podría tener.
Pero el riesgo no se limita a un evento puntual. Flavia Liberona, bióloga y directora ejecutiva de Fundación Terram, explicó a BíoBío que el agua que atraviesa un relave puede transportar contaminantes hacia esteros o infiltrarse en acuíferos. Son procesos lentos y difíciles de detectar a simple vista, pero cuyos efectos pueden prolongarse durante años, incluso cuando el temporal ya terminó y la lluvia desapareció del paisaje en cuestión de horas.
El comportamiento de estos enormes depósitos, que se comparan con una esponja, cambia según la cantidad de agua que reciben. Si se saturan, aumenta la presión interna y pueden generarse filtraciones o rebalses. No todos los relaves responden igual: influyen su antigüedad, su diseño, su estado de conservación y si siguen operando activamente.
Chile ya tiene antecedentes dramáticos que explican la preocupación. En 1965, el desastre en El Cobre, en la zona central, dejó más de 200 víctimas tras el colapso de un tranque de relaves por un terremoto. En 2010, otro colapso ocurrió en Pencahue tras el terremoto del 27-F. Esas tragedias marcaron un antes y un después en la forma de fiscalizar estos depósitos, aunque los expertos sostienen que aún queda trabajo por hacer.
La amenaza más grande hoy no está en los relaves abandonados, sino en los que se ubican cerca de cursos de agua o de zonas habitadas. Los especialistas insisten en que el monitoreo permanente es clave, sobre todo en un escenario de lluvias extraordinarias como el que se ha vivido este año. La lluvia puede desaparecer en horas, pero lo que se filtra bajo tierra o se mueve entre toneladas de residuos mineros puede seguir actuando durante mucho tiempo. Esa es la parte de la historia que casi nunca se alcanza a ver.