Radio Pasión FM
Los fotógrafos callejeros fueron, sin proponérselo, cronistas visuales de una época. Sus cámaras de cajón y caballitos de madera capturaron la memoria de miles de personas que jamás habrían tenido un retrato. José Luciano Navarro Navarro es uno de los últimos representantes de ese oficio, y su historia fue dada a conocer a través de un artículo publicado por PichilemuNews.
Navarro nació en la isla Pelleulle, comuna de Mechuque, en Chiloé. Fue el mayor de seis hermanos, hijo de José Braulio Navarro Navarro y María Eduvigis Navarro Díaz. Su infancia transcurrió entre juegos humildes, como una pelota hecha de trapo o cochayuyo, y el trabajo de la pesca o las trillas a brazo. La escuela quedaba en otra isla y llegaban en bote a remo, en un viaje que demoraba unos diez minutos.
Su primer gran viaje fue a Puerto Montt, en un bote a vela. Ahí vio por primera vez automóviles, una imagen que lo marcó. Al volver, fabricó con sus hermanos un auto de madera para lanzarse cuesta abajo. Ya joven, intentó cumplir su servicio militar en Achao, pero fue descalificado por su baja estatura: el fusil era más alto que él.
La búsqueda de trabajo lo llevó a Argentina. En Comodoro Rivadavia trabajó en el Hotel Florentino Ameghino, primero lavando platos, luego secándolos y finalmente como ayudante de cocina. Después se trasladó a Puerto Santa Cruz, donde fue estibador, trabajó en un frigorífico y en estancias, en la esquila. Cuando ocurrió el terremoto de 1960, sus padres ya se habían mudado a Punta Arenas. Él los visitó y se quedó en esa ciudad para siempre.
Su primer empleo en Punta Arenas fue en una barraca de madera de Gómez y Cimadevilla, en calle Ignacio Carrera Pinto. Tras diez años y un accidente de faena, cambió el rumbo: estudió fotografía por correspondencia en la Escuela Fotográfica Sudamericana de Buenos Aires. Empezó haciendo fotos sociales, hasta que un día llegó a la Plaza Muñoz Gamero con su cámara.
En esa plaza hubo seis fotógrafos. Navarro recuerda a Francisco Díaz Barrientos, dueño de un caballito de madera, y a su colega Montes. Cuando Díaz murió a los 93 años, casi en su puesto de trabajo, la tradición quedó en sus manos. Navarro encargó un caballito forrado en piel de caballo, que se convirtió en uno de los atractivos para los niños. Por su lente pasaron personajes famosos, como el presidente Eduardo Frei Montalva e incluso la Miss Universo Cecilia Bolocco.
Con 30 años de oficio, Navarro atesora ese tiempo entre la nieve y el bullicio de la plaza. Su caballito de madera, guardado como un tesoro, es el símbolo de una época que se despidió con la clásica frase: 'sonría o diga whisky'. El relato completo, escrito por el investigador y escritor colchagüino Mario Isidro Moreno, es un homenaje a un oficio que documentó la vida de pueblos y ciudades en Chile.