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Estudio en California advierte sobre la mayor tensión sísmica en 1.000 años en la falla de San Andrés

· 20/08/2026 00:09
Estudio en California advierte sobre la mayor tensión sísmica en 1.000 años en la falla de San Andrés

En las últimas semanas, dos sismos de magnitud superior a 7 sacudieron América Latina: el 24 de junio un doblete de magnitud 7,2 y 7,5 remeció Venezuela y se sintió en Bogotá, y seis semanas después un temblor de magnitud 7,4 golpeó el noroeste de Colombia, con réplicas en Ecuador, Panamá y Perú. En ambos casos, la infraestructura local evidenció serias falencias para absorber un evento de esa envergadura.

Mientras tanto, en Estados Unidos, un estudio publicado en junio en la revista Journal of Geophysical Research: Solid Earth detectó que la falla de San Andrés y su vecina San Jacinto, en California, acumulan la tensión tectónica más alta en 1.000 años. La investigación, liderada por la geofísica Liliane Burkhard de la Universidad de Berna, reactivó la pregunta clásica de los sismólogos: ya no se debate si ocurrirá el 'Big One', sino cuándo.

Uno de los puntos más críticos es Cajon Pass, una garganta al noreste de Los Ángeles por donde circulan a diario 160.000 vehículos, además de trenes, fibra óptica y gasoductos. Ahí convergen San Andrés y San Jacinto, y el modelo de Burkhard muestra que ese cruce funciona como una 'puerta sísmica': a veces bloquea el paso de una ruptura, pero otras veces la deja avanzar y une ambas fallas en un solo evento cercano a magnitud 7,5. En 1857, el sismo de Fort Tejon, de magnitud 7,9, mató a solo dos personas porque en la zona vivían 1.500. Hoy viven casi 13 millones.

Los números globales ayudan a dimensionar el fenómeno. Cada año se producen más de 500.000 sismos en el planeta, según redes sismológicas mundiales, aunque la gran mayoría solo son detectados por instrumentos. De ese total, unos 67.000 superan la magnitud 3, el umbral a partir del cual el movimiento se siente; es decir, un promedio de 185 temblores perceptibles por día. De ellos, apenas 15 al año alcanzan magnitud 7 o más, y solo uno, en promedio, supera la magnitud 8, de acuerdo al Servicio Geológico de Estados Unidos.

El aumento en el registro de eventos en las últimas décadas no se debe a que la Tierra tiemble más, sino a que las redes de monitoreo mejoraron: hay más sismógrafos, más sensibles y mejor distribuidos. Sin embargo, ese avance no ha ido acompañado por una mejora equivalente en la construcción. En Venezuela, por ejemplo, la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) registra más de mil sismos al año, y los recientes eventos dejaron en evidencia que el 80% de la población vive en zonas de amenaza sísmica elevada. El país tiene normas de diseño sismorresistente, pero su cumplimiento es desigual y gran parte de las edificaciones se levantó antes de que existieran.

Los especialistas insisten en una idea clave: los terremotos, en rigor, no matan. Lo que convierte un temblor en tragedia es el colapso de construcciones vulnerables, no la magnitud del sismo. Es lo que en gestión del riesgo se denomina la construcción social del desastre: el peligro natural es constante, pero el desastre depende de cuánta vulnerabilidad acumuló la sociedad expuesta.

En California, la respuesta ha sido más concreta. Se formó un grupo de trabajo para proteger los ductos y cables que cruzan Cajon Pass, y la empresa Southern California Edison invirtió 300 millones de dólares en refuerzo sísmico entre 2016 y 2025. En Venezuela y Colombia, en cambio, los sismos de este año expusieron alertas tempranas poco operativas y normas desactualizadas. El mensaje de los expertos es que la ciencia puede señalar dónde está cargada la tensión, y esa información marca la diferencia entre un susto y una catástrofe.

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