Radio Pasión FM
Un fuerte terremoto de magnitud 7,2 sacudió el 20 de agosto la región de Ayacucho, en Perú, con epicentro al norte de Coracora, en la provincia de Parinacochas, y a más de cien kilómetros de profundidad. El movimiento fue sentido en amplias zonas del país y dejó daños en viviendas y establecimientos públicos, aunque la profundidad ayudó a reducir sus efectos destructivos. Inicialmente se habló de cinco muertos, pero luego se confirmó que solo había heridos.
El sismo se suma a una seguidilla de movimientos telúricos en la región. Colombia registró un terremoto de magnitud 7,4, uno de los más fuertes de este siglo en ese país, que obligó a desplegar operaciones de rescate y a declarar emergencia. Venezuela enfrentó en junio dos movimientos de magnitud 7,2 y 7,5 en el occidente. Chile también tuvo en mayo un sismo de magnitud 6,8 en la zona de Antofagasta, perceptible incluso en países vecinos.
Una columna publicada por el periodista independiente y docente universitario Armando Miño Rivera, desde Lima, plantea que estos eventos deberían servir de advertencia para Chile. El autor sostiene que, pese a la experiencia sísmica del país, no se puede dar el lujo de dormirse en los laureles. "Tenemos normas de construcción, sistemas de alerta, instituciones especializadas y una cultura sísmica que muchos países quisieran tener", escribe, pero advierte que una cosa es haber aprendido del terremoto anterior y otra muy distinta es estar preparados para el próximo.
El texto enfatiza que después de un terremoto suelen aparecer autoridades con casco y chaleco recorriendo las zonas afectadas, pero que lo verdaderamente revolucionario sería verlas antes del desastre, revisando planes de emergencia y exigiendo simulacros. Entre los puntos que plantea están la resistencia de hospitales, la existencia de zonas seguras en escuelas, los respaldos para sistemas de agua y electricidad, la evaluación de puentes y caminos críticos, y si los municipios cuentan con bodegas de emergencia.
Además, recuerda que la Organización Meteorológica Mundial señaló en junio una alta probabilidad de que se desarrolle un episodio de Super Niño durante 2026, lo que podría agravar el escenario si se combina con un terremoto, dejando caminos bloqueados, comunidades aisladas e infraestructura debilitada.
El autor concluye que la tierra no avisa y que los terremotos no respetan calendarios electorales, pero que la preparación sí depende de las personas y las autoridades. "La preparación es el recurso", afirma.