Radio Pasión FM
El agua bajó de golpe por el valle, arrastrando rocas, hielo y tierra. En diez minutos, la crecida cubrió caminos, destruyó viviendas y dejó una estela de destrucción. Todo comenzó más arriba, cuando una avalancha bloqueó el cauce del río y formó una barrera natural. Detrás de ella, el agua siguió acumulándose hasta que el dique cedió. Esa habría sido parte de la secuencia que desencadenó la devastadora inundación del 25 de agosto en la frontera entre Nepal y el Tíbet.
El desastre, que dejó cientos de víctimas, volvió a poner la atención sobre un riesgo que también existe en los Andes. Para el geógrafo José Araos, de la Universidad de Chile, este tipo de eventos no es ajeno a la realidad chilena. De hecho, en el sur del país ya hay antecedentes de vaciamientos glaciares que transformaron paisajes y afectaron a comunidades.
Uno de los casos más recordados ocurrió en 1989, cuando la Laguna del Cerro Largo liberó 229 millones de metros cúbicos de agua tras el colapso de una barrera natural. El flujo arrasó bosques y viviendas, y modificó por completo el valle del río Soler. Más recientemente, el lago Cachet II ha vaciado enormes cantidades de agua en varias ocasiones desde 2008, elevando el nivel del río Baker en más de cuatro metros. Y en 2020, el lago Greve drenó cerca de 4 mil millones de metros cúbicos. En ese último caso, la lejanía evitó pérdidas humanas, pero no todos los lagos glaciares están tan lejos de zonas habitadas.
El mecanismo que provocó la catástrofe en el Himalaya combina varios factores: un sismo de magnitud 5,2, lluvias intensas, temperaturas en aumento y una montaña debilitada. Parte de un glaciar situado a unos 5.200 metros se habría desprendido, bloqueando el río Bhote Koshi. El agua se acumuló detrás de ese bloqueo hasta que la crecida se transformó en una inundación repentina.
En Chile, el retroceso de los glaciares también deja depresiones donde el agua se acumula, contenidas por morrenas, barreras naturales de rocas y sedimentos. Una avalancha, un sismo o una lluvia intensa pueden alterar ese equilibrio. La imagen más cercana, explica el especialista, es la de una tina llena hasta el borde: un golpe brusco puede hacer que el agua salte hacia afuera. En un lago glaciar, una ola de ese tipo puede superar la barrera y liberar millones de metros cúbicos de agua.
El desastre del Himalaya dejó en evidencia que en la montaña basta que una pieza caiga para empujar a la siguiente. Los glaciares andinos, que desde lejos parecen inmóviles, también forman parte de ese paisaje cambiante, donde el hielo se derrite, el agua busca nuevas salidas y las laderas se modifican con la temperatura, las lluvias y los sismos. La advertencia de Araos apunta a la urgencia de fortalecer el monitoreo y la ciencia andina para anticipar este tipo de eventos.